
Hoy estoy especialmente triste. Ha ocurrido algo ayer que no esperaba y que tampoco sabía que me afectaría tanto. Parece una tontería que hoy me despertase con ganas de llorar mientras un pequeño pelirrojo búlgaro llamado Kiriakov, un futbolista que ya nadie recuerda, metía en mi mente una falta directa al Betis. Ese es mi primer recuerdo nítido de una emoción producida por el fútbol. Tenía 10 años y me sentí del Dépor, un equipucho de segunda fila que no soñaba con más que consevar la categoría.
Ahora tengo 30. He recordado a ese pelirrojo mil veces, lanzando esa falta, con una precisión bastante buena para ser quien era. Lo he recordado más que los goles de Bebeto casi cayéndose, el Centenariazo, Andrade diciéndole al árbitro en Porto "Jis mai friend", el cabezazo de Djalma a Irureta, el Rifle remontando de cabeza tres goles al PSG, el diluvio de la primera copa del rey. Xulián diciendo que hay que parar al tractor número 6, Luis Filipe sonriendo en la cama del hospital, Donato jugando con 40 años, el gol de cabeza anulado a Songo'o, el puto penalty fallado por Djukic. La remontada ante el Milán, el pobre Manuel Pablo con la pierna destrozada en el suelo, Luque de fiesta un miércoles a la noche en Compostela, la rueda de prensa de Arsenio tras el desastre, Lendoiro regodeándose del fichaje de Flavio.
A pesar de que ya no era el SuperDepor, desde hace dos años me sentía más unido al club que nunca. Era otro lazo que me mantenía conectado a mis raíces y a Galicia en este exilio voluntario. Hacía que alguna tarde de domingo se pasase bien a pesar del frío y la soledad de este lado del país. Me tragaba partidos contra el Osasuna en los que no pasaba nada porque sí, porque emocionalmente conectaba con todo lo que significa, a día de hoy, Galicia.
Hoy sé que tendré que buscarme otro entretenimiento para los domingos por la tarde.
Los seres humanos somos gilipollas. Le damos valor sentimental a cosas que, tarde o temprano, te defraudarán. Hoy estoy hecho polvo por culpa de que unos tíos en camiseta ayer no metieron una pelota entre tres palos. Y eso me enfurece. Pero claro, hay algo más. Está el sentimento. El Depor me ha dado cosas en momento puntuales, cosas que nunca le pedí cuando grabé al pelirrojo marcando a los diez años. Incluso fue tan generoso que dos de sus gestas (la primera liga y la remontada ante el Milán) se produjeron en momentos muy duros de mi vida. Por eso el lazo es tan fuerte.
Con 11 años lloré el penalty de Djukic. Hoy toca llorar otra vez. Con 11 años lloré porque era un niño, y los niños lloran cuando las cosas no le salen bien. Hoy lloraré porque soy un adulto, y porque otra cosita más de mi infancia se ha apagado.